
“Soy el heautontimorumenos verdugo de mí mismo
Aislado en mi propio abismo, víctima de mi egoísmo
Los fines en vez de quedarme en casa viendo una peli
Salgo a consumir, todo tipo de mierda con Jorge Heli
Encuentro placer el herir la piel como un faquir en Nueva Delhi
Busco mi Diosa de carne y hueso no una deidad como Kali
Quiero dormir en su belly, en una isla de baly
Pero vivo al límite, a máxima velocidad como un rally
Aunque sea, mi propio Dios y me encuentre saludable y fuerte
Es inevitable escapar, cuando llega la Oz de la muerte
Cuantas veces me he metido a través de todo este tiempo
Por todo lo que he consumido me pasará factura el cuerpo
A pesar de todo el daño que el a si mismo se infringe
Se mantiene firme, a través de los años como esfinge
Responsable de mis actos solo yo me puedo juzcar
Serpiente de midgar contra tus Dioses de asgard
Al borde del precipicio el orgullo aprieta como silicio
Llevo esta aura, a prueba de balas y maleficios
No me afectan, ni tus brujerías ni tus mantras
Te los devuelvo, Como pelotas de tenis Pete Sampras
Si es personal te va a ir mal si un arsenal no te compras
Dirigido, a todos mis detractores y mis contras
Perdón madre, si para ti soy una decepcion
Nací en este infierno, no tuve otra opción
Ya nada me hace gracia, por eso este humor negro y cara seria, soy el culpable de mis propias desgracias y miserias (x2)
El problema está en mi interior, soy mi peor enemigo, no tengo rivales, solo compito conmigo, soy mi propio juez, abogado jurado y testigo
Mi propio verdugo, propinando el más duro castigo (x2)
Si no me quiero yo, menos quiero un coñodemadre
Mi humanidad murió, con Thelema mi hermano y mi padre
No hay viejo que me de consejos ni perra que me ladre
Yo mismo soy quien cierra, la puerta que se abre
Víctima y victimario le dicto la pena máxima
Busco la salida a los problemas de mi vida intima
No vine a ser un mártir, ni a generar lastima
Moriré de pie y callado sin derramar lágrimas
Si muero el día de mañana, al menos me divertí
Observa bien mi rostro, ve al monstruo en que me convertí
Sí, mentí, nunca sentí nada por ti
nunca me arrepentí tienes razón tu corazón partí
Lo dejé hecho trizas, cenizas como el carbón
Yo ni por mí me compadezco si no merezco el perdón
La venganza es dulce pero créeme nada resuelve
Todo el mal que aquí se hace el triple se devuelve
Me disparo con mi propia arma, de mí solo se encarga el karma
Aun durmiendo estoy alerta vivo en estado de alarma
No logro descansar en paz ni alcanzar la calma
El dolor es mucho más intenso cuando se siente en mente y alma
Cuando no pueda escribir más y me encuentre demasiado exhausto
Será mi último episodio, mi final nefasto
Perfecto terrícola a mi mundo personal devasto
Responsable de este apocalipsis, mi propio holocausto.”
El término Heautontimorúmenos, heredado de la tradición latina clásica, designa a aquel que se castiga a sí mismo. No remite a una culpa moral ni a una sanción externa, sino a una estructura trágica en la que el sujeto se convierte simultáneamente en causa, juez y verdugo de su propio destino. Desde este punto de partida, el texto que analizamos construye una poética cerrada, sin apelación posible, donde el mayor enemigo del hombre no es el mundo ni los otros, sino él mismo, en tanto portador de una voluntad que no reconoce límite ni absolución.
Esta clausura inaugura el clima afectivo dominante del poema: la angustia. No hay Otro al cual dirigirse, no hay ley trascendente que pueda ser transgredida y luego perdonada. El conflicto se repliega por completo en el interior del sujeto, produciendo un efecto inquietante: nada puede detener el castigo porque nada lo regula desde afuera. La responsabilidad es total, y esa totalidad asfixia.
El yo poético se nombra “verdugo de sí mismo” y se instituye como “juez, abogado, jurado y testigo”. Esta acumulación de funciones no produce justicia, sino encierro. El tribunal interior es absoluto, omnipresente, imposible de eludir. La angustia emerge aquí no como miedo a un objeto concreto, sino como efecto de una soberanía radical: todo depende del yo, incluso aquello que lo destruye.
El exceso —consumo, autolesión, velocidad, riesgo— aparece como forma de goce consciente. Sin embargo, este goce está atravesado por una tensión permanente. El sujeto sabe que el cuerpo “pasará factura”. El terror no reside en la ignorancia del daño, sino en la certeza de su llegada. El cuerpo se convierte en un territorio amenazante, un futuro enemigo que acumula silenciosamente las consecuencias del exceso. Cada acto es vivido como anticipación del castigo, y esa anticipación produce una angustia sostenida, sin descarga posible.
Las imágenes del faquir y de la herida en la piel no remiten a una búsqueda espiritual, sino a una prueba de existencia. El dolor confirma que el sujeto sigue ahí. Pero esa confirmación es ambigua: cuanto más se siente, más cerca está la destrucción. El texto oscila así entre el deseo de sentirlo todo y el temor de no soportarlo. En esa oscilación se instala un terror sordo, persistente, no espectacular.
Las referencias mitológicas y religiosas funcionan como contrapuntos simbólicos que refuerzan la soledad del yo. Dioses como Kali o las figuras de Asgard son evocadas solo para ser rechazadas. El hablante se proclama “su propio Dios”, pero esta divinidad no consuela ni salva: exige. La alusión a Thelema, con su ética de la voluntad absoluta, radicaliza esta posición. No hay obediencia posible a una ley externa, pero sí una obligación interior implacable. La soberanía deviene condena. El poder sobre uno mismo es también una fuente constante de terror.
La insistencia en una aura invulnerable, inmune a balas, mantras y maleficios, opera como defensa simbólica. Sin embargo, esta defensa tiene un costo decisivo: el mundo deja de ser peligroso porque el peligro ha sido completamente interiorizado. El orgullo, descrito como presión al borde del precipicio, no protege de la caída; la vuelve inevitable. La angustia adopta aquí la forma del vértigo: no se teme al golpe, sino a la propia voluntad sin freno.
La mención a la madre introduce una grieta decisiva. El pedido de perdón revela una culpa originaria que no encuentra resolución. No se trata de una falta puntual, sino de una decepción estructural. El infierno no aparece como caída posterior, sino como punto de partida. Si no hubo inocencia inicial, tampoco puede haber redención futura. Este origen sin salida intensifica el clima de terror: el destino no se desvía, se confirma.
Aunque el texto rechaza una moral trascendente, emerge una ley impersonal: el karma. No como justicia equilibradora, sino como mecanismo automático e inexorable. El sujeto “se dispara con su propia arma”; el daño siempre regresa a su punto de origen. Aquí se consolida la figura simbólica central del poema: el ouroboros, la serpiente que se muerde la cola. El castigo no avanza hacia una resolución; retorna. El verdugo nunca abandona la escena porque es inseparable de la víctima.
Este movimiento circular introduce uno de los núcleos más perturbadores del texto: la lógica del eterno retorno entendida como castigo. No se trata de vivir intensamente una vez, sino de estar condenado a repetir indefinidamente la misma estructura de goce y daño. El terror no es la muerte, sino la repetición. Volver a ser el mismo, volver a elegir lo mismo, volver a pagar lo mismo, sin posibilidad de aprendizaje ni olvido. El tiempo deja de ser promesa y se convierte en encierro.
El estado de alerta permanente, la imposibilidad de descansar, la incapacidad de alcanzar la calma, profundizan este clima angustiante. El dolor ya no es físico: se desplaza a la mente y al alma. Es un dolor sin localización precisa y, por eso mismo, más difícil de soportar. El sujeto vive en vigilancia constante, como si el enemigo —él mismo— pudiera atacar en cualquier momento.
El cierre del poema, cuando se anticipa el agotamiento total y el final de la escritura, no ofrece alivio. La escritura aparece como último sostén frente al colapso, pero también como el dispositivo que mantiene activo el circuito. Cuando esta se extinga, no habrá liberación, sino derrumbe. El apocalipsis no es global: es íntimo. Un mundo personal devastado por su propio creador.
Así, Heautontimorúmenos no concluye: se repliega sobre sí mismo. El texto produce angustia porque no deja salida, y terror porque muestra con lucidez que la cárcel no tiene muros externos. El castigo último no es el dolor ni la culpa, sino la imposibilidad de escapar del círculo que el propio yo ha trazado. Como el ouroboros, el sujeto se devora a sí mismo, condenado no a morir, sino a retornar eternamente a su propia herida.

















