Sobre los estados de Ingravidez y el Postmodernismo.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire,
todo lo sagrado es profanado”

Cuando Marx y Engels afirman en el Manifiesto Comunista que “todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado”, señalan una dinámica fundamental del capitalismo: su capacidad de corroer las estructuras que parecían eternas. En esta frase late algo más que una descripción económica: está la intuición de un futuro en el que las certezas que organizaban la vida humana quedarían socavadas, abriendo paso a un terreno de inestabilidad permanente.

El capitalismo, en su búsqueda incesante de acumulación, transforma radicalmente lo que toca: disuelve vínculos tradicionales, relativiza valores, convierte lo sagrado en mercancía y lo estable en transitorio. Esta fuerza, que en el siglo XIX Marx describía con precisión crítica, parece anunciar la condición del postmodernismo. Allí, las grandes narrativas que daban sentido (la religión, la razón ilustrada, la política revolucionaria, incluso el progreso científico) entran en crisis. Lyotard lo resumió como la “incredulidad hacia los metarrelatos”.

En el terreno cultural y subjetivo, el resultado es un estado de ingravidez: ya no hay dogmas firmes, sino un vértigo de interpretaciones, una multiplicidad de signos sin centro. El capitalismo tardío convierte la disolución de certezas en modo de vida, en experiencia cotidiana. Lo que Marx vio como dinámica histórica, el postmodernismo lo vive como condición existencial: habitar un mundo donde el cambio es constante y el suelo desaparece bajo los pies.

En este sentido, la frase de Marx funciona casi como una profecía. Si el capitalismo destruye lo sólido, el postmodernismo encarna la vida en ese derrumbe. Es la conciencia cultural de una época en la que lo estable resulta sospechoso y donde la falta de anclajes se vuelve tanto una posibilidad creativa como una experiencia enloquecedora. Así, la ingravidez no es solo pérdida, sino también el signo de una nueva condición humana: la de habitar lo efímero como norma.

“Keep Talking”: el mandato del lenguaje y la irrupción del deseo

En Keep Talking, Pink Floyd sitúa al oyente ante una tensión central de la modernidad: la imposibilidad de escapar del lenguaje y, al mismo tiempo, la impotencia del lenguaje para expresar lo esencial. En la superficie, la canción parece un himno a la comunicación —una invitación a seguir hablando, a no callar—. Sin embargo, bajo esa demanda persiste algo más oscuro: la presencia del Súper Yo como imperativo de expresión y productividad, frente a un deseo que no pertenece a la palabra y que se manifiesta por vías laterales, ambiguas, musicales.

El uso de la voz sintetizada de Stephen Hawking introduce una paradoja inicial. La voz de la ciencia, despojada de cuerpo, articula un discurso sobre el progreso humano a partir del lenguaje: “Then something happened which unleashed the power of our imagination: we learned to talk.” Pero esa voz, puramente técnica, anuncia también el límite: el lenguaje nos humaniza y nos aliena al mismo tiempo. Es el comienzo del imperativo contemporáneo —hablar, producir, comunicar—, que ya no apunta al sentido, sino a la continuidad del discurso mismo.

El estribillo funciona como una escena de conflicto: “Why won’t you talk to me? / You never talk to me.”
Ahí se despliega la demanda del Otro, la exigencia superyoica de comunicación constante. El sujeto se encuentra atrapado entre la necesidad de decir algo y la certeza de que el decir nunca alcanza. “Keep talking” es la versión moderna del mandato “Go on, enjoy!”: no importa si hay contenido, lo importante es seguir hablando, seguir existiendo en el circuito del significante.

Frente a esa saturación del lenguaje, emerge la guitarra de David Gilmour como una forma de respuesta simbólica. No responde al imperativo del habla, sino que lo subvierte: introduce otro tipo de lenguaje, uno que no busca significar, sino hacer sonar lo indecible. Allí donde la palabra fracasa, aparece la música como territorio del deseo en estado puro, no mediado por el sentido.

El sonido de la guitarra no comunica algo, sino que encarna una ausencia. Sus notas sostenidas, los bends que parecen alargar el tiempo, el tono melancólico que roza el grito: todo eso apunta a una dimensión adimensional, un espacio donde el deseo no se traduce sino que se presenta. Es el acto artístico como testimonio de la falta, una manifestación ambigua que no clausura nada, que mantiene abierto el borde del sentido.

En Keep Talking, el lenguaje y el deseo no se reconcilian. Lo que se juega es una dialéctica entre la demanda superyoica de hablar y la resistencia del deseo a ser dicho. La voz de Hawking —tecnológica, racional— contrasta con la guitarra de Gilmour —humana, quebrada—, y en esa diferencia se abre una grieta: el arte como lugar donde el deseo insiste sin ser domesticado por la palabra.

El título, finalmente, puede leerse con ironía: Keep Talking no es una invitación a comunicarse, sino una advertencia sobre el vacío de ese mandato. Solo al borde del silencio, cuando el discurso se agota, puede aparecer algo del deseo. Y en la obra, ese borde está hecho de sonido: la guitarra como resto del lenguaje, como acto de resistencia ante el imperativo de seguir hablando.

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