“Todo lo sólido se desvanece en el aire,
todo lo sagrado es profanado”

Cuando Marx y Engels afirman en el Manifiesto Comunista que “todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado”, señalan una dinámica fundamental del capitalismo: su capacidad de corroer las estructuras que parecían eternas. En esta frase late algo más que una descripción económica: está la intuición de un futuro en el que las certezas que organizaban la vida humana quedarían socavadas, abriendo paso a un terreno de inestabilidad permanente.
El capitalismo, en su búsqueda incesante de acumulación, transforma radicalmente lo que toca: disuelve vínculos tradicionales, relativiza valores, convierte lo sagrado en mercancía y lo estable en transitorio. Esta fuerza, que en el siglo XIX Marx describía con precisión crítica, parece anunciar la condición del postmodernismo. Allí, las grandes narrativas que daban sentido (la religión, la razón ilustrada, la política revolucionaria, incluso el progreso científico) entran en crisis. Lyotard lo resumió como la “incredulidad hacia los metarrelatos”.
En el terreno cultural y subjetivo, el resultado es un estado de ingravidez: ya no hay dogmas firmes, sino un vértigo de interpretaciones, una multiplicidad de signos sin centro. El capitalismo tardío convierte la disolución de certezas en modo de vida, en experiencia cotidiana. Lo que Marx vio como dinámica histórica, el postmodernismo lo vive como condición existencial: habitar un mundo donde el cambio es constante y el suelo desaparece bajo los pies.
En este sentido, la frase de Marx funciona casi como una profecía. Si el capitalismo destruye lo sólido, el postmodernismo encarna la vida en ese derrumbe. Es la conciencia cultural de una época en la que lo estable resulta sospechoso y donde la falta de anclajes se vuelve tanto una posibilidad creativa como una experiencia enloquecedora. Así, la ingravidez no es solo pérdida, sino también el signo de una nueva condición humana: la de habitar lo efímero como norma.
